Santa Elena, Medellín, Colombia

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María Flores es una romántica joven colombiana que crece en las montañas del oriente antioqueño. En ellas habitan las familias características de esa región en donde la vida aún es tranquila a pesar de los cambios que comienzan a darse de cuenta de las decisiones de un país con respecto a la forma como sus habitantes lo ocupan. 

Esta novela es además desbordante de poesía alrededor del habitar los campos de cultivos de flores y de las altas montañas de los andes colombianos. Una vida cargada de trabajo duro que siempre se verá recompensado con las reuniones de familias que se mantienen a duras penas pero que a la hora de hacer fiestas, se reúnen en torno a un "chocolate parviao", el cual les alegra mucho el corazón.

Es una forma de conocer a Colombia y a su idiosincracia y de reconocer en ella sus procesos económicos, culturales, sociales y políticos. Gracias al entorno de María Flores se comprende qué es lo que ciertamente sucede en los campos, en los hogares, en los pueblos, e inclusive más allá de donde uno puede comprender que estos personajes pueden vivir.

Cuando mi cuerpo me habla, le creo

Y le creo porque me habla en un lenguaje sencillo. Antiguo. Certero. Veraz. Y me dice quiénes fuimos. Quiénes somos. Quiénes seremos. Me dice además todo en un cronón. Medida diminuta en la que todo pasa. Como este instante. Como los millones de instantes en los cuales nos movemos y que hay veces pasan desapercibidos y otras no… 

Cuando mi cuerpo me habla, le creo y me detengo. Y entonces todo cobra sentido. Y quedo detenida en un lugar sin tiempo y sin espacio en donde solo habita mi espíritu. Un lugar maravilloso y misterioso al que quisiera llevarlos a todos. Un lugar mágico que reside en todos nosotros y que no podemos atrapar pero sí sentir y tocar y ensoñar. Un lugar en donde todo es posible. Un lugar en donde nuestros cuerpos se sumergen con toda la furia de sus almas, para quedarse allí escondidos en ese limbo del cual pareciera que no queremos salir.

Cuando mi cuerpo me habla, me saca y me estruja y me tira afuera y me deja desnuda ante las sensaciones que me recorren por aquello que veo y que no resisto. O por aquello que veo y que quisiera abrazar y atrapar y besar. O por aquellos seres que silenciosos y sin que ellos nunca lo supieran tocaron mi espíritu para siempre. Una mirada. Una sonrisa. Un silencio. Un roce de nuestras pieles. Porque todo se habla primero por la piel. Nuestros sentidos nos hablan en ese lenguaje más antiguo que la palabra. Ese que hoy me levanta para vaciar mi pensamiento y poder así hacer esto que es lo que más amo hacer. 

Porque cuando mi cuerpo me habla me saca de ese adormecimiento de la vida. Y me lleva a los lugares más inesperados. Y me regala el placer absoluto de hacer lo que siento y de decir lo que pienso. De tomarlo todo y envolverlo como en una melodía cuando sus notas suben y bajan y se mezclan perfectamente para hacerme estremecer. Para hacerme sollozar ante la belleza de quienes soñaron con esas notas y quienes las interpretaron haciendo que mi corazón se acelere y mi pulso no quepa en mi cuerpo y mis venas sean pequeñas para tantos sentimientos y los millones de células que me componen viajen lejos y regresen dejándome sin aliento.

Cuando mi cuerpo me habla me siento el ser más afortunado del mundo. Porque puedo llorar de tristeza y de alegría. Porque puedo ir a ese lugar en donde ningún cronón habita y detenerme y abrazar a otros sin que ellos ni siquiera se den cuenta. Y puedo regalarles todo mi amor y envolverlos de alegría y desear un mejor futuro para todo lo que veo. La gente. Los bosques. Las ballenas. El cielo azul. La lluvia. Las montañas. La selva. Mi gente. La gente que ni conozco pero que sé que existe y que hoy en alguna parte sus espíritus también danzan ante la belleza de la vida. 

Cuando mi cuerpo me habla le he creído…y esto es lo que me ha dicho.

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Hotel la Montaña Mágica y Kumini en el corregimiento de  Santa Elena en Medellín.